Ordenamiento Territorial y el ambiente criosférico

Desde sus orígenes, el hombre de los Andes,  o el hombre del sur Sudamericano ha estado  vinculado a los ambientes criogénicos. En el caso de la montaña, la variada oferta de recursos que ofrecen como disponibilidad de agua en verano, áreas de pastoreo, fauna, vegetación, rocas, sitios sagrados, corredores de comunicación con poblaciones situadas a ambos lados de Los Andes, etc., ha generado estrategias humanas particulares de relación con este ambiente, tales como la trashumancia.

Históricamente, las poblaciones rurales han entendido desde el conocimiento empírico los procesos y los ciclos naturales que se que generan en los ambientes fríos. Ellas han generado maneras singulares y puntuales de aprovechamiento de estos espacios no sólo desde lo productivo sino desde una concepción  cultural y espiritual, evitando la degradación de los recursos y ecosistemas.

En las últimas décadas, la globalización económica y la consiguiente acentuación del modelo de consumo no sustentable, está provocando, en muchos de los ambientes periglaciales, nuevas formas de organización territorial. Éstas se vinculan básicamente  con la extracción a gran escala de recursos naturales estratégicos y la proliferación de corredores de transporte  para conectar masivamente territorios distantes. La mayoría de las actividades que se asientan en estos sitios son enclaves productivos, que se caracterizan por el uso intensivo de capital y tecnología, la consecuencia inmediata que producen tales actividades, es la modificación drástica de estas áreas y la consiguiente generación  de impactos ambientales que irrumpen la dinámica natural y cultural que históricamente ha caracterizado a estos ambientes y que ha permitido la conservación de los mismos.

En el contexto anteriormente mencionado, el Ordenamiento Territorial, entendido como disciplina científica interdisciplinaria y como política de estado, debe gestionar el desarrollo territorial de los ambientes criogénicos de manera concertada, con la participación legítima de todos los actores, analizando cada proceso con datos e información científica veraz, aplicando cuando fuere necesario el principio precautorio, y fundamentalmente siendo ético  en las decisiones que se aborden en cuanto a los usos del suelo y valores de conservación que encierran tales ambientes (entre éstos el agua en sus distintas manifestaciones, la biodiversidad, la calidad paisajística) , para lograr la sostenibilidad ambiental, social y económica de los mismos, respetando los procesos naturales y culturales que le dan identidad  a estas áreas, según sus potencialidades y limitaciones.

 

Por Amalia Ramires

No se admiten más comentarios